El rey se paró frente al espejo y señalándose vociferó: «Tu peor enemigo eres tú». De inmediato, clausuró el Salón de los Espejos, frenó el uso de vajillas de oro o plata y prohibió el pulir cualquier superficie que reflejara su imagen en el palacio.
Ella comienza y mete dos de sus bolas rayadas en la mesa de billar. Él sabe que ya perdió el apartamento de verano en Hawaii. La mujer del capo vuelve a tirar y falla. Él aprovecha y entra dos de sus bolas también. Con esta jugada obtiene el Mercedes deportivo. Pero los nervios lo traicionan y en la próxima tirada las bolas se quedan congeladas sobre el diamante. El turno le corresponde a ella y las lágrimas no la dejan concentrarse. Sabe que tiene que analizar sus movimientos antes de actuar. Él se queda en silencio y mete cinco de sus bolas. Gana la mansión, los dos caballos de pura sangre y el granero. El 8 negro no entra en este turno.
Ella imita a su esposo, metiendo todas sus bolas.
Ambos se juegan su poder en las últimas jugadas pues el que gane se lleva las jugosas cuentas de banco, los certificados de ahorro, el efectivo de la caja fuerte y todos los documentos de las propiedades, el avión privado, el yate y el hotel. El 8 negro entra a gran velocidad. Ella grita de emoción y él la empuja sobre el billar con ganas de romperle el palo en su cabeza.
Las gemelas de doce años brincan de sus asientos y les quitan los palos a sus padres simultáneamente. Ponen los palos recostados contra la pared y ellos le hablan:
«Nosotros también somos gemelos y no nos gustaría que nos separaran. No quisiéramos que se desencantaran con papá y mamá. Pero es preciso decirles que ellos acordaron separarlas. Piensan que son mala influencia la una para la otra y que le agotan la paciencia a cualquiera. Creen que ustedes son las principales responsables de su ruptura y ponen en peligro el imperio más poderoso del narcotráfico en la región».
Los dos palos murmuraron a las gemelas secuestradas: «Así que niñas, el único punto que no generó conflicto en la negociación del divorcio por acuerdo mutuo fue separarlas».
Los miré a través de la telaraña. Los soldados corrían para esconderse. Intentaban emboscar a la bruja. El joven de la cicatriz aguantaba el báculo en una mano y en la otra su espada. Liderando apenas un puñado de hombres, sucumbió a los ataques de la hechicera. La bruja juntó una piedra mágica con el báculo convirtiéndose en la mujer más poderosa del territorio.
Puse en práctica de inmediato la experiencia. Atrapé la mosca mientras trataba de escapar. Y sin ninguna ayuda militar ni magia la devoré.
Desprevenida un macho me atrapó y ató mis patas, me violó y a pesar de mis hechizos no pude convertirme en la araña más temible de la comarca.
Estoy herido buscando el verdor que tanto extraño. Oigo mis propios pasos mientras diviso la silueta borrosa de un soldado. Me duele el cuerpo. Y me late la cabeza. Me siento mareado, perdido en este campo minado. Camino cabizbajo para que no descubra que soy del ejército enemigo. Recuerdo a mis amigos y al general que siempre me miraban con orgullo por mi valentía. Y ahora, tengo tanto miedo. El soldado con su rifle en mano me observa con atención. Su uniforme está ensangrentado y se ve tan mal como yo.
Se acerca. Nos miramos. Ninguno dice una palabra. Baja el arma y me saluda. Tengo un fuerte dolor en el pecho. Me falta el aire mientras me quita la montura. Es una ironía que me despida del mundo sin mi amo, y para colmo que un enemigo moribundo me acaricie y me dé beber mi último sorbo de agua.
Apagas la luz, pero la lógica sigue en nuestros silencios. Recuestas la cabeza en mi costado, esponjando las sábanas que nos protegen. Me fascina tu calor y el fino sudor que transpira tu cuerpo. Entramos a un campo de batalla donde los ángeles y los demonios se enfrentan. Deslizas tus miedos y confiesas tus vergüenzas a la inconsciencia.
Cerramos una puerta y abrimos otra, el mal y el bien mirándonos de frente. Tú, semidesnudo y yo aún vestida de seda. Gritas en mis oídos arqueando el sueño que aún no llega y yo despierta trato de consolarte. Vemos ángeles haciendo guardia en la puerta y ventanas para que el miedo no vuelva.
El cuerpo casi dormido y el alma bien despierta. Oigo tu ritmo cardiaco más lento. «Ríndete, perdona tus pecados, pide que te sane la luz eterna: solo es una sombra momentánea, un aula, un vistazo fugaz a la muerte.» Esta rendición nocturna es una invitación a la resurrección. Anda compañero, confía en mí una noche más. Sabes que soy tu almohada favorita y siempre guardaré tu olor… tu esencia.
Inició sus ejercicios como de costumbre. Siempre acompañamos al general desde su recaída. Gruñe a toda la unidad menos a nosotros cuatro. Después de saludarnos, estira y mueve su esqueleto.
Permanecemos quietos, callados y atentos al nuevo enfermero gay que le toma los vitales.
El jefe nos sigue con su mirada y sonríe, nos da instrucciones: «Atención soldados: Yogy, Winnie, Dumbo y ¡tú también Flipper!» Acabo de reclutar al nuevo peluche Rainbow para liderar la próxima misión.
Le arrancó los ojos, le cortó las manos, le extirpó la lengua, amputó sus piernas y al final me limpió el filo con la sábana, dejándonos a ambos, reposar sobre el colchón profanado.
Rojo, amarillo y verde, al compás de las luces los guardias reales autorizaron el paso. Estos me trajeron ofrendas y hasta manjares deliciosos para el convite. Mi esposa instruyó a las concubinas y a las trabajadoras domésticas para una celebración especial: mi cumpleaños. Otras practicaron los bailes exóticos con un vestuario de plumaje exquisito que a mí me fascina. Mis hijos menores se cobijaron de sus respectivas madres ante el visir que supervisa el local. No querían que me dieran quejas de ellos. Sabían que no como cuentos y aunque no hayan roto el cascarón, los reprendería con la misma firmeza que castigo a los eunucos.
Las esposas como siempre cacarearon como es natural de su género. Detuve a un príncipe de otro recinto pues mis guardias que parecen más eunucos que otra cosa, lo dejaron acercarse a una de mis esposas. Lo corrí furibundo. Como dirían mi madre sultana: a picotazo limpio.
Las hembras dejaron el chisme y se pusieron a degustar los alimentos de la celebración. Con sus uñas y hasta con sus picos rascaron la tierra buscando los gusanos más jugosos.
Los carros sonaron sus bocinas para pasar antes que el semáforo de mi esquina los detuviera. Me alborotaron el gallinero. Y demás está decir que se acabó mi ilusión. Me molesté, moví las alas con fuerza y canté.
—Ve a buscar la cera yo traigo la aguja. Ojalá que Aisa haya conseguido el cepillo en la oficina del director.
—Sin el mechón de pelo no hay Vudú que valga—ripostó Décima.
—¿Trajiste el cepillo? —preguntó Nona.
—Como protegida del director sé dónde guarda sus cosas personales. Nona atraviesa con la aguja el muñeco de cera mientras Aisa cae muerta ante sus dos compañeras del club. Ella olvidó que el director la había peinado en su oficina la noche antes
Fue amor a primera vista. Su mirada me tasó de arriba abajo. Imposible sonrojarme. Me tocó y luego como era de esperarse me manoseó. Subió por segunda y tercera vez mostrando repugnancia a mi presencia. ¿Qué problema tendrá este caballero conmigo? Su molestia y asco casi se infiltraban a través del acrílico azul que nos separa.
En serio, no lo entiendo, ¿esperaba más de mí? ¡No jodas! Todos cambiamos en el tiempo, unos más aprisa que otros. Por mi naturaleza, con mi trabajo 24/7, sudando a chorros, es obvio que no siempre esté presentable. Además, ¿qué tanto murmura este mequetrefe? Estoy seguro de que está más sucio que yo, por fuera y por dentro. Me dan ganas de mandarlo directo al infierno, pero solo tendría que bajar la escalera y entrar a su casa.
Sabía que este malagradecido me iba a sustituir por otro. Me miraba con una mueca traviesa mientras me tiraba en la bolsa de basura. Pobre del próximo, tan pronto se ensucie traerá un filtro nuevo para que no se contamine la cisterna.